Vamos de paseo…

Me siento muy afortunada porque tuve una infancia muy, muy feliz. Mi padre murió cuando yo tenía tres años y medio. Sí, ya, lo sé, no tiene nada de feliz. Pero debido a eso mis abuelos se vinieron a vivir con mi madre y conmigo. Y debo confesar que hay algo mágico en los abuelos y la vida me otorgó el extraordinario regalo de vivir y crecer con ellos en casa.

Éramos una familia muy unida. Mi madre tenía dos hermanos, cada uno de ellos casado y con hijos. Yo era la mayor de los primos, seguida por mi prima Cristinita, dos años menor que yo.  Los otros dos eran chicos y muy pequeños en aquel entonces. Mis tíos y sus familias venían a menudo a casa a visitarnos, casi  todos los días. Pasábamos mucho tiempo juntos, Navidades juntos, vacaciones de veranos juntos, fines de semana juntos. Muchos de estos fines de semana se organizaban viajes por carretera, usualmente a Mérida. Para mi prima Cristinita y para mí estos viajes eran una maravillosa aventura.

maria de las casas fotografia

Venezuela es un país tropical, lo cual quiere decir que todo el año es caliente. Pero al oeste del país se encuentra parte de la Cordillera de los Andes. Esta área, es completamente diferente. Está rodeada de altas montañas y picos con nieves perennes, verdes valles donde abundan las caídas de agua, ríos y lagos. La temperatura va desde los 22 a los 12 grados, es decir, frío considerando el clima en el resto del país. Mérida es uno de los estados de Venezuela que conforman la región de los Andes.

Algún viernes cualquiera, mientras mis tíos estaban de visita en mi casa, a alguno de ellos se le ocurría decir: ¿Y si nos vamos a Mérida mañana? Inmediatamente todos entrábamos en “modo viaje”. Mi prima y yo cogíamos mantas, juguetes y nuestros muñecos favoritos. Mi abuela entraba en su “reino”, la cocina, como buena cocinera que era comenzaba a preparar tortilla de patatas, carne empanada y algo dulce. Ella siempre estaba a cargo de la comida y de un buen termo de café para el camino. Mis tíos y mi abuelo se iban al mercado a comprar pan y cualquier otra provisión. Mi madre y mis tías se encargaban de empacar el resto. Esa noche nos íbamos a dormir temprano ya que salíamos al día siguiente de madrugada.

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Estamos hablando de principios de los años setenta y al menos en Venezuela no se usaba cinturón de seguridad. A nadie le importaba si iban 3 o 10 personas en el coche. Ese tipo de medidas de seguridad simplemente no existían. Mis tíos tenían un Volkswagen escarabajo cada uno,  muy pintorescos, pintados con la publicidad de su empresa. En esos dos mini coches nos apretujábamos todos, con equipaje, mantas, juguetes, carrito de bebés y biberones incluidos. No sé cómo sobrevivimos, pero lo hicimos y fue muy, muy divertido.

Los niños íbamos en pijama ya que dormíamos durante la primera parte del viaje. Acurrucados encima de algún adulto y arropados hasta el cuello, nos encantaba. Cuando despertábamos ya comenzaba la parte divertida. Estábamos en la estrecha y serpentina carretera de los Andes, rodeados de montañas, precipicios y cascadas que íbamos descubriendo entretenidos. Poco después llegábamos al Páramo y la Laguna de Mucubají, la parte más alta del recorrido. A esa hora, aún temprano por la mañana, siempre había una espesa niebla. A través de ella se podía entrever una pequeña luz amarillenta que anunciaba el refugio donde entrábamos a tomar chocolate caliente, servido en rústicas y oscuras tazas de barro cocido. Allí, frente a su gran chimenea de piedra desayunábamos y descansábamos por un rato. Luego bajábamos caminando hacia la laguna, sin correr porque podíamos marearnos por la altura. Poco después seguiríamos hasta el hotel Santo Domingo, nuestro destino final.

El hotel contaba con un pequeño edificio con habitaciones y también cabañas de piedra y madera esparcidas por un gran prado verde lleno de flores silvestres. Nosotros nos quedábamos en una cabaña. Entonces empezaba la diversión para los adultos que era hacer NADA. Para nosotras, mi prima y yo, había llegado el momento de la LIBERTAD. Corríamos por el prado, íbamos a visitar a los caballos a los establos, hasta nos dejaban saltar en las camas. Al final del día nos sentábamos frente a la chimenea a escuchar las increíbles historias contadas por mi abuelo que era un maravilloso contador de cuentos. Allí nos quedábamos una o dos noches si era un fin de semana largo. 

Si los coches venían de casa cargados el regreso era peor. A mi familia le encantaba comprar sacos de verduras y hortalizas producidas en la zona que tenían que colocar en el techo de los fieles Volkswagens. Ya había llegado la hora de regresar a casa para comenzar la rutina trabajo-colegio con las pilas recargadas y la ilusión del próximo viaje.

Estos viajes se me quedaron tatuados en el alma, los continué y continúo haciendo con mis hijas, con mi marido, con mis yernos, con mis nietas. Ya con cinturón de seguridad y sillitas de bebé. En estos viajes cantamos, contamos historias, reímos, compartimos pensamientos y recuerdos. Vivimos. Al final esto es lo que cuenta. ¡Vivimos!

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6 Comentarios

  • Reply Ángel Ramiro García Escalona octubre 29, 2020 at 10:45 pm

    Maravillosa historia que bellos recuerdos siempre en familia, como decían los viejos una sola piña así somos los GARCÍA

    • Reply rutafotografica octubre 30, 2020 at 12:38 pm

      Esa es la mejor herencia, unos buenos recuerdos de infancia. ¿No te parece?
      Un abrazo!

  • Reply nersa noviembre 1, 2020 at 4:43 pm

    Que bonita forma de contar… Yo me he vendo de año sabático y cuarentena a una casita en este Páramo… Por Mucuchies se llama GAVIDIA… Me ha encantado tu relato… Un abrazo . Siempre presente con afecto especial… Saludos a Miguel, tus hijas y yernos…

    • Reply rutafotografica noviembre 1, 2020 at 9:52 pm

      Gracias Nersa. Me alegra saber de ti. Que ricura estar en Gavidia, lo conozco también. Me quedaba en Mucuchíes en una posada que era de una señora italiana y tenía su propio huerto, servía la comida con los productos que cosechaba ese mismo día. Luego supe que había fallecido, no sé si seguirá la posada. Tengo muchos recuerdos de Mérida. Un fuerte abrazo!

  • Reply Mela noviembre 4, 2020 at 6:38 am

    He disfrutado de cada renglón… he visualizado cada escena… podría decirte que me llegaban aromas de cada una… me he teletransportado en el tiempo y he viajado a esos de momentos de familia cuando nos íbamos de picnic “apretujados” en el RENAULT 5 naranja de mi tío que era una máquina con las fiambreras a rebosar de filetes empanados, las cañas de pescar, la manta de cuadros para la siesta de los mayores… ays Mary… cuánto he sonreído mientras te leía. Gracias por esta maravilla de relato… me lo quedo en el corazón 💓

    • Reply rutafotografica noviembre 4, 2020 at 9:25 am

      Gracias Mela, nada mejor que rebuscar de vez en cuando en ese baúl de recuerdos de infancia. Qué afortunados somos los que lo tenemos a rebosar. Un abrazo!

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