Historias, Mis Rutas

Recuerdos de Cocina

marzo 4, 2017
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La Merienda

Estoy sola en casa, una de esas raras ocasiones donde todos se han ido menos yo. Me pongo a pensar y me acuerdo de las meriendas de mi abuela. Tuve la gran suerte de vivir con mis abuelos maternos. Mi abuela se encargaba de las labores del hogar porque mi madre trabajaba fuera. La tarea favorita de mi abuela era la cocina, había nacido con el don de la buena sazón y podía preparar un manjar con una cebolla y un par de huevos. En mi casa jamás entraron alimentos procesados industrialmente. Mi comida favorita, y la única que no compartíamos en familia era la merienda, mi abuela se encargaba de prepararla con el mismo esmero con el que hacía el almuerzo o la cena. Consistía de pan artesano con aceite de oliva, otras veces torrijas, otras flan… ese flan de 20 huevos que era más alto que ancho y que cuando lo preparaba toda la casa olía a caramelo. Algunas veces hacía panquecas, sí, las panquecas en mi casa se comían de merienda. Yo me sentaba en la mesa de la cocina mientras ella, después de servirme, se disponía a hacer la cena. Era un sin-parar de preparaciones culinarias. Recuerdo que la hora de la comida era sagrada y nunca se empezaba a comer hasta que no estuviéramos todos juntos sentados a la mesa. La comida era compartir, no sólo los alimentos sino también nuestras vivencias diarias, buenas y malas. Era una terapia de grupo sazonada por los riquísimos platos preparados por mi abuela.

Ocasiones Especiales

Mi madre en cambio sólo entraba en la cocina en ocasiones especiales, Navidad, Año Nuevo o la visita de amigos. Cuando yo ya era adolescente algunas veces me sorprendía con uno de sus sofisticados platos. Una de mis amigas, de esas que conservo desde la infancia, todavía recuerda una vez en que estábamos estudiando en grupo para un examen de matemática. Se nos había echado la noche encima y mi madre nos preparó calamares en su tinta para cenar. Después de eso mi casa se volvió la preferida a la hora de reunirnos a estudiar.

Otros Momentos en la Cocina

Siempre he tenido buena memoria para las comidas. Mi marido dice que es increíble cómo recuerdo los sabores de platos saboreados años atrás. Como la primera vez que probé una ensalada tibia de espinacas y pera cuando celebrábamos nuestro tercer aniversario, ya tenemos 19 años de casados. Mis hijas, ya todas adultas, siempre se burlan cariñosamente de mí cuando recuerdo cosas a partir de lo que comimos aquel día. Ahora ya soy abuela y los momentos más especiales con mis nietas los hemos compartido en la cocina. Cuando vienen a casa, hacemos postres, las pongo a desenvainar guisantes, a medir azúcar y hasta a cortar cebollas. Esto último no les gusta.

La Adaptación a los Sabores

Soy afortunada por tener facilidad de adaptación. Mi primer marido era italiano. Si te casas con un italiano mejor es que aprendas a cocinar pasta bien, o de lo contrario se irá todos los días a comer a casa de su madre. No me costó trabajo aprender a hacer la pasta fresca o envasar tomates de temporada para poder preparar la salsa durante todo el año. Aparte del gusto por la cocina italiana, mi marido al morir me dejó de herencia unos amigos que con el tiempo he adoptado como propios. Gilda y Fulvio, una mezcla de orígenes, mexicano e italiano, sazonados con sus continuos viajes y los años vividos en los Estados Unidos. En fin, una familia que a partir de entonces comenzó a formar parte de la mía. La primera vez que fui a su casa en Bethesda era Semana Santa, la cocina estaba llena de ingredientes para preparar, entre otras cosas, la famosa Pastiera Napolitana. Nunca olvidaré el sabor de aquel postre que llevaba no sólo ingredientes especialmente traídos de Italia sino muchísimas horas de trabajo. Así que mientras Fulvio nos llevaba a Washington a presenciar el maravilloso espectáculo de los Cherry Blossom, Gilda se quedó en casa preparando el banquete para el día siguiente. ¡Valió la pena! Aún conservo el aroma de la pastiera mezclada con el cordero asado, todos sentados alrededor de una larga mesa ovalada, bebiendo vino y conversando sin parar de los recuerdos de antaño y de los planes futuros. En ese momento no imaginé qué tan cercanos íbamos a ser y cuántos recuerdos tristes y alegres nos unirían. A la vida a veces le sucede como a los malos cocineros, se le pasa la mano con los condimentos, nada que una buena sopa no pueda aliviar.

Culinarian Expeditions

Ahora casi tres décadas han pasado desde aquella Semana Santa y nuevamente nos une el aroma de la comida. Fulvio y Gilda llevan en su haber muchas horas de vuelo y han decidido compartir sus experiencias de viaje y de cocina con otras personas. A través de Culinarian Expeditions diseñan tours donde los paisajes se unen a los sabores, a los aromas, a la música y donde chefs famosos abren las puertas de sus cocinas para enseñar parte de sus secretos. En fin, una experiencia para absorberla con todos los sentidos y que impregnará la memoria para siempre. Por si fuera poco lo que acabo de describir, ahora Gilda quiere ofrecer una visión más concreta, una visión fotográfica. Me siento feliz y honrada de que este año para el otoño haya sido invitada a poner mi granito de arena en el Tour de la Toscana. Donde los participantes podrán aprender a manejar sus cámaras para documentar sus experiencias de manera personal y profesional y encontrar su voz partiendo de la fotografía. Aquí es donde entró yo. Sí, estaré con ellos compartiendo nuevamente grandes mesas ovaladas, conversando, haciendo terapia de grupo frente a exquisitos platos y soberbias copas de vino y fotografiando. Para concluir, como me encanta brindar, hoy me toca ¡brindar por Gilda y Fulvio!

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2 Comentarios

  • Reply Iraida Zambrano marzo 4, 2017 at 10:18 pm

    Amiga. Entrañable escrito… Mientras lo leía te acompañé en todo su recorrido. Imaginé los sabores, los olores, las miradas, las risas… Gracias. Las personas sensibles como tu nos hacen la vida amable. ❤

    • Reply rutafotografica mayo 8, 2017 at 1:38 pm

      Me alegro que te gusten mis historias, me encanta contarlas y que personas como tú las lean. Un abrazo muy fuerte.

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