Historias, Mis Rutas

Palabras Escritas A Mano

ruta fotografica, postales

 

Mis abuelos emigraron a Venezuela en el año 50 del siglo pasado. Yo era muy pequeña, ocho o nueve años, cuando mi abuela me dictaba las cartas que enviaba a sus hermanas. Me encantaba, me sentía importante, así mi abuela me entretenía. En esa época no había internet ni vídeo juegos, la televisión era en blanco y negro y teníamos una antena en el techo de la casa a la que había que darle vueltas para sintonizar el único canal que se veía en el pueblo de los tres que existían en el país. Eran otros tiempos, la comunicación era más lenta, la vida era más lenta. Las cartas llegaban por correo, en papel y escritas a mano. Tardaban mucho, ya lo creo que sí, varias semanas en hacer el recorrido entre América y Europa. Cuando llegaba el cartero a casa yo salía corriendo a coger la entrega a ver si habían llegado cartas, y si las había, se las daba a mi abuela a ver si me dejaba leerlas. Algunas veces hasta enviaban fotos. De esta manera establecí una relación cercana con familiares lejanos. Los conocí a través del papel, de las palabras escritas a mano, y los aprendí a querer. Después de leerlas y releerlas, mi abuela guardaba esas cartas entre sus cosas más queridas. Yo también escribía y recibía respuestas y me encantaba, me hacía muchísima ilusión. Pero era una costumbre normal. Pero muchos años después, con la tecnología digital en pleno apogeo, los correos electrónicos, los blogs, la telefonía celular y las video llamadas sigo emocionándome cuando recibo cartas en papel, escritas a mano. Sigo emocionándome cuando las escribo, con la ilusión de que perduren en el tiempo y que dentro de mucho, cuando yo ya no exista, las palabras que escribo en el papel sigan existiendo. Así que cada vez que tengo la oportunidad, envío postales a mis hijas, a mis nietas; y de alguna manera hemos establecido una correspondencia llena del romanticismo propio de lo innecesario, por gusto, por placer, por amor.

 

Eran otros tiempos, la comunicación era más lenta, la vida era más lenta. Las cartas llegaban por correo, en papel y escritas a mano.

 

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Hace una semana más o menos, recibí una carta en un sobre de buen papel, grueso, con membrete impreso en color plata y creí que era propaganda. A pesar de ser otro nombre (ni siquiera lo leí bien), la relacioné con unas tarjetas elegantes, personalizadas, con mi nombre escrito a mano, que había estado recibiendo de Porcelanosa. ¡Qué desperdicio, esta gente sigue enviando publicidad! Eso fue lo que pensé. No miré de dónde venía. Como no tenía remitente estaba segura de que era publicidad. No la tiré de inmediato porque me da mucha pena desperdiciar papel. Usé el sobre, sin abrir, para hacer anotaciones sin importancia. Total que ahí estuvo por varios días, hasta que hoy decidí limpiar mi escritorio y comencé, como siempre, por tirar papeles. Cuando llegué al sobre, me fijé que venía de México. Qué raro, de México. El nombre impreso en letras plateadas no me indicaba nada. Decidí abrirle antes de tirarle y, voilà, dos postales. Una de mi hija y otra de mi hija en nombre de mi nieta (muy pequeña para escribirla ella). Pero… ¿México? Que yo sepa no habían estado en México recientemente. Me fijé en la fecha y era justo de un año atrás. ¡No me lo puedo creer!!! Casi la pierdo dos veces, pensé. Lo cierto es que llegó, tarde, pero llegó.

Y fue cuando recordé esta serie de televisión que veía de vez en cuando en la época en que mi abuela me dictaba las cartas para su hermana. Se trataba de un saco que se había perdido en unas montañas cuando el avión de correos se había estrellado. Un año después unos exploradores consiguen el saco lleno de cartas y la oficina de correos decide entregarlas todas. Cada carta era una historia con las consecuencias de recibirla a destiempo, de alguien que ya había muerto, o cuyo destinatario ya no estaba, o noticias que era mejora no recibir… En fin… cartas, palabras, palabras escritas, recuerdos, vida…

Yo seguiré utilizando el internet, los correos electrónicos, seguiré viendo y hablando con mis hijas y mis nietas a través de las vídeo llamadas, seguiré usando la cámara digital, la computadora, y hasta la teletransportación, si se descubre cómo. Pero también seguiré escribiendo cartas en papel, de mi puño y letra y enviando postales que tal vez lleguen a tiempo o a destiempo pero cargadas de ese romanticismo de lo que no es necesario.

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