Historias, Mis Rutas

De Venezuela a Santander

septiembre 22, 2016
DAoiz y Velarde, rutafotografica, ©Maria De Las Casas

Algunas teorías dicen que escogemos a nuestros padres antes de nacer. Si nos guiamos por esto, podríamos decir que también escogemos el país en el que queremos nacer. Pues yo escogí Venezuela. Allí nací hace 50 años; allí me desarrollé como persona, me casé y tuve a mis hijas. La verdad es que tuve buen gusto pues Venezuela es un país muy bonito; fue colmado de riquezas: petróleo, oro, plata, piedras preciosas, aluminio, hierro, agua a borbotones, mares que proveen de pescado fresco, y tierras que dan frutos durante todo el año sin mucho afán —sólo con tirar las semillas. La fauna y la flora son espectaculares tanto por su variedad como por su colorido. Hay montañas de nieves perennes y médanos de arenas cambiantes, playas llenas de cocoteros, cascadas exuberantes, selvas… En fin, es un lugar que cuando empiezo a describirlo me parece salido de un sueño de fantasía del cual no quisiera despertar. Pero lo cierto es que todas esas bellezas naturales y recursos han sido saqueados y el sueño se fue poco a poco convirtiendo en pesadilla.

Es importante recalcar que esa transformación horrenda que ha sufrido Venezuela no ocurrió de la noche a la mañana; fue un proceso lento. Erróneamente muchos pensaron que eran cosas pasajeras, que los recursos no se acabarían, que “alguien” vendría a solucionar los problemas porque “así tiene que ser”. Y siguieron viviendo felices. El país que alguna vez se hizo llamar el más feliz del mundo. Los venezolanos hacían un “bonche” y un chiste de cualquier desgracia, se reían de ellos mismos y seguía la fiesta. Ya es demasiado tarde, la fiesta se acabó, se fue acabando poco a poco, de manera gradual como cuando empiezas a caer en el sopor de una anestesia de la cual algunos no despiertan.

No todos nos dejamos anestesiar. Algunos salimos antes y otros después y otros decidieron quedarse. Nuevamente me tocó escoger el país donde vivir. He tenido esa suerte de poder escoger; no todos la tienen, yo sí y lo agradezco todos los días a Dios, al creador o a la energía vital que me permitió, antes de nacer, escoger a mis padres. Así es como he tenido la oportunidad de vivir en varios sitios. Hace dos años escogí vivir en España, en Santander.

daoiz y velarde, rutafotografica, ©Maria De Las Casas

Cuando mis amigos me preguntan, ¿por qué Santander? no sé qué contestar porque no hay una razón de peso. No puedo decir que es donde nacieron mis padres, porque son de Madrid. No puedo decir que tengo familia aquí, porque no conocía a nadie cuando llegué. Me gustó, había visitado la ciudad varias veces cuando años atrás viví en Selaya, un pueblo cántabro de montaña del cual tengo muy buenos recuerdos. Santander me pareció de buen tamaño: no muy grande, no muy pequeña. El clima no es extremo como otros sitios de España; es verdad que llueve mucho pero eso me gusta porque el agua es necesaria y ya empieza a escasear, además, es la razón por la que esta zona tiene tantos prados y tanto verdor.

Daoiz y velarde_2

Una vez en Santander, decidí, junto a mi esposo, vivir en el centro. Como toda ciudad española, a pesar de haber sufrido dos horribles incendios, el centro de Santander consta de edificios viejos con mucho carácter; calles estrechas casi peatonales; bares y cafeterías pintorescos, plazas, y, en el caso de Santander, el Paseo de Pereda a lo largo de la maravillosa bahía. Nos decidimos por un viejo piso en Daoiz y Velarde que disfrutamos restaurándolo a nuestro gusto. Tenemos todo a mano: el pequeño mercado con su carnicería, frutería, pescadería… Bancos, oficinas del gobierno y a media calle la estación de policía. Todo esto en un ambiente que nos hacía sentir seguros, especialmente después de haber vivido el derrumbe social en nuestro país. Lamentablemente a las dos semanas de mudados, nos robaron nuestras bicis. Nos dimos golpes de pecho por lo “inconscientes” que fuimos al haberlas dejado atadas por una noche a escasos metros de nuestro portal, en un sitio especial para estacionar bicicletas. Al día siguiente vimos con tristeza cómo habían cortado las cadenas y se las habían llevado. ¡Que ironía! No nos robaron en Venezuela y nos vienen a robar en Santander. Ese fue el primer aviso de que algo no andaba bien pero como dije antes, nos echamos la culpa a nosotros mismos; pasamos la página y seguimos tan contentos. Aquí debo hacer un paréntesis: unos meses después de este incidente, por casualidad, paré por unas horas en Amsterdam y constaté que sí es posible, en algunos sitios, atar las bicicletas en la calle y estar seguro de que nadie te las va a robar. ¡Como debe ser!

Pasaron las semanas, los meses y llegó el verano. La gente en la calle me recordaba la llegada del buen tiempo, las excursiones a la playa, las fiestas y, ¡ay!!!, el botellón. Al principio te asombras del espíritu fiestero de los españoles y hasta lo admiras. “Qué alegría, qué bueno que la gente salga a la calle, animada, a divertirse sin peligro”. “Aquí se puede beber en la calle, hay libertad y nadie se mete con nadie”. Estas eran las frases que nos decíamos a nosotros mismos para aceptar lo que en realidad nos parecían bacanales, irrespeto, decadencia y pérdida de tiempo. Pasamos muchas noches en vela por el escándalo pero por mucho tiempo nos decíamos una y otra vez que todo era debido a la alegría de los españoles, y tratábamos de tapar el sol con un dedo hasta que la situación se ha vuelto insostenible porque no podemos dormir. La fiesta continúa toda la noche hasta el amanecer; rompen botellas, vasos, y tiran todo tipo de desperdicios al suelo. Por los rincones y los portales se medio esconden los jóvenes amantes sin pudor alguno.

Daoiz y velarde_1

Nos levantamos por la mañana más cansados de lo que nos hemos acostado. Pasamos noches de calor porque debemos cerrar las ventanas para apaciguar un poco el ruido que aún así nos mantiene desvelados la mayor parte de la noche. A las 6 de la mañana, o antes, llega la cuadrilla de limpiadores que vienen a recoger la porquería que dejan los borrachos de la noche anterior. Pero todo hay que decirlo, y la verdad es que antes de las 9 de la mañana la ciudad está impecable; de eso se encarga el ayuntamiento con el dinero de los contribuyentes, de los que beben y de los que no bebemos. Habría que ver si es justo que yo pague por la limpieza de la suciedad que van dejando estos individuos.

Ahora, poniendo las cosas en perspectiva, el problema no es que no nos dejen dormir, ni siquiera que ensucien sin escrúpulos. Al final son puestos de trabajo para los limpiadores. El gran problema no es tan obvio. El gran problema es que nos estamos enfrentando a una sociedad cada día más cínica, sin principios éticos, donde no se respeta a los vecinos porque no se respeta el individuo mismo. Y eso, señores, eso trae consecuencias muy graves. Esas primeras muestras de vandalismo —porque SÍ, es vandalismo— se puede ir convirtiendo en pequeños actos delictivos, crímenes y violencia. Y si no se toman medidas puede convertirse en un gran problema social y político.

Yo no quiero vivir en un sitio donde tenga que salir a la calle mirando a los lados, sosteniendo el bolso con ambas manos, cerrando la puerta de mi casa con doble llave, poniendo barras de hierro en mis ventanas… ¡No!!! Eso ya lo viví y créanme, no fue agradable.

Hay que empezar a exigir que se cumplan las leyes porque lo irónico es que las leyes existen. Está prohibido tirar basura en las calles, pero se tira. Está prohibido vender alcohol y tabaco a menores de edad, pero se vende. Vamos a comenzar por ordenar las cosas pequeñas, predicar con el ejemplo, que los policías salgan a la calle, que haya presencia y corrección. Tratemos de resolver las cosas antes de que sea demasiado tarde porque como dije al principio, las transformaciones suceden poco a poco —por eso se llaman transformaciones— pues si no estamos atentos no nos damos cuenta y puede que cuando lo hagamos sea demasiado tarde. Luchemos para que no se convierta el sueño en pesadilla.

Guardar

Guardar

You Might Also Like

No Hay Comentarios

Déjame Un Comentario