Historias

Aniversario

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Esta es la foto de mis abuelos el día de su boda.

Mis abuelos se casaron un 14 de febrero. No creo que en esa época se celebrara San Valentín como se celebra ahora. Simplemente escogieron ese día, por casualidad. Hoy pensando en ellos me imaginaba que estuvieran aquí celebrando su aniversario. Pensé en ellos como pareja enamorada. Fuertes, unidos. Aún después de más de 50 años uno al lado del otro, siempre estaban juntos, siempre hablando entre ellos. Me encantaba oírles. Mi abuela le ofrecía un café y él decía que no. –Ahora no–. Solo para cambiar de opinión en el momento en que ella se sentaba a tomarse el suyo. Mi abuela disgustada, de mentira, se levantaba, ya le había advertido, ella sabía que le pediría el café, que cambiaría de opinión. Se conocían muy bien. Mi abuelo me miraba y me guiñaba un ojo. Era su ritual, todas las tardes después de la siesta que era sagrada, más o menos la misma escena. Y yo, por ahí, jugando y oyendo, sintiendo, observando. Fueron mi pareja modelo.

Cuando por fin mi abuela se sentaba, ya ambos café y cigarrillo en mano, comenzaban las historias. Historias de guerra, escasez, nostalgia por una tierra que los vio nacer pero que no los vería morir. Entre lágrimas algún chiste. Mi abuela tenía un humor negro maravilloso. Recuerdo sus manos siempre haciendo algo. Eran largas, flacas y las adornaba con una sortija que tenía una piedra rosa, gorda, muy grande en mi memoria de niña pequeña. Recuerdo cómo olían a especias, a cocina. Ella me transmitió la pasión por cocinar. Nos sentábamos en la mesa de la cocina a preparar la cena,  por la tarde, después del café.  Yo más que todo miraba y oía más historias, eso fue suficiente, así aprendí. Mi abuela no solo cocinaba, también cosía, tejía, bordaba, fumaba, lloraba, bailaba, reía con pasión y hasta arreglaba las tuberías cuando era necesario. La vida le enseñó a hacer de todo. Eso también lo aprendí.

Hoy 14 de febrero estarían de aniversario.

Mi abuelo, tranquilo, buen conversador, de esos que saben cuando deben callar. Amaba los libros, los leía y re-leía, los limpiaba con trapos especiales, luego se apartaba de ellos, se quedaba mirándolos y me preguntaba –¿Has visto cómo lucen ahora que están limpios? Por las noches cuando me iba a acostar, él me acompañaba, se traía una silla y se sentaba al lado de mi cama a contarme historias inventadas hasta que me dormía. Todas las noches. A veces también cantaba, cante jondo. Él mismo se echaba flores, decía que cantaba muy bien, a mí me hacía gracia. Algunas veces también se inventaba las canciones. Cierro los ojos y lo veo clarito, sentado, con sus manos sobre sus rodillas, mirando a lo lejos a través de sus gafas de gordos cristales e imaginando aquello que se iba inventando en sus cuentos y cantos.

Hoy 14 de febrero estarían de aniversario. Hoy los recuerdo aún más, siento el amor que me dieron ese que se me metió dentro y que está tan presente. Ese de ellos, a prueba de todo, el verdadero, el que vence todos los obstáculos, el que te da esperanza.  Los recuerdo y me imagino que están viéndome, sonriendo mientras toman su café de la tarde el de después de la siesta.

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