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Historias

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Aniversario

febrero 14, 2018
rutafotografica, mis-abuelos, maria de las casas

Esta es la foto de mis abuelos el día de su boda.

Mis abuelos se casaron un 14 de febrero. No creo que en esa época se celebrara San Valentín como se celebra ahora. Simplemente escogieron ese día, por casualidad. Hoy pensando en ellos me imaginaba que estuvieran aquí celebrando su aniversario. Pensé en ellos como pareja enamorada. Fuertes, unidos. Aún después de más de 50 años uno al lado del otro, siempre estaban juntos, siempre hablando entre ellos. Me encantaba oírles. Mi abuela le ofrecía un café y él decía que no. –Ahora no–. Solo para cambiar de opinión en el momento en que ella se sentaba a tomarse el suyo. Mi abuela disgustada, de mentira, se levantaba, ya le había advertido, ella sabía que le pediría el café, que cambiaría de opinión. Se conocían muy bien. Mi abuelo me miraba y me guiñaba un ojo. Era su ritual, todas las tardes después de la siesta que era sagrada, más o menos la misma escena. Y yo, por ahí, jugando y oyendo, sintiendo, observando. Fueron mi pareja modelo.

Cuando por fin mi abuela se sentaba, ya ambos café y cigarrillo en mano, comenzaban las historias. Historias de guerra, escasez, nostalgia por una tierra que los vio nacer pero que no los vería morir. Entre lágrimas algún chiste. Mi abuela tenía un humor negro maravilloso. Recuerdo sus manos siempre haciendo algo. Eran largas, flacas y las adornaba con una sortija que tenía una piedra rosa, gorda, muy grande en mi memoria de niña pequeña. Recuerdo cómo olían a especias, a cocina. Ella me transmitió la pasión por cocinar. Nos sentábamos en la mesa de la cocina a preparar la cena,  por la tarde, después del café.  Yo más que todo miraba y oía más historias, eso fue suficiente, así aprendí. Mi abuela no solo cocinaba, también cosía, tejía, bordaba, fumaba, lloraba, bailaba, reía con pasión y hasta arreglaba las tuberías cuando era necesario. La vida le enseñó a hacer de todo. Eso también lo aprendí.

Hoy 14 de febrero estarían de aniversario.

Mi abuelo, tranquilo, buen conversador, de esos que saben cuando deben callar. Amaba los libros, los leía y re-leía, los limpiaba con trapos especiales, luego se apartaba de ellos, se quedaba mirándolos y me preguntaba –¿Has visto cómo lucen ahora que están limpios? Por las noches cuando me iba a acostar, él me acompañaba, se traía una silla y se sentaba al lado de mi cama a contarme historias inventadas hasta que me dormía. Todas las noches. A veces también cantaba, cante jondo. Él mismo se echaba flores, decía que cantaba muy bien, a mí me hacía gracia. Algunas veces también se inventaba las canciones. Cierro los ojos y lo veo clarito, sentado, con sus manos sobre sus rodillas, mirando a lo lejos a través de sus gafas de gordos cristales e imaginando aquello que se iba inventando en sus cuentos y cantos.

Hoy 14 de febrero estarían de aniversario. Hoy los recuerdo aún más, siento el amor que me dieron ese que se me metió dentro y que está tan presente. Ese de ellos, a prueba de todo, el verdadero, el que vence todos los obstáculos, el que te da esperanza.  Los recuerdo y me imagino que están viéndome, sonriendo mientras toman su café de la tarde el de después de la siesta.

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Una Mujer Guapa Leyendo

diciembre 31, 2017
©mariadelascasas, rutafotografica, mujer_guapa

Esta foto la tomó mi padre antes de que yo naciera y escribió por detrás con su puño y letra: “un rincón de la biblioteca, se ven una parte de los libros, un cuadro, un aparato de luz, el respaldo de un sillón y una mujer muy guapa leyendo”. Un par de años más tarde escogí a esa mujer guapa como madre. Era elegante, inteligente, atrevida, profesionalmente supo manejarse bien en un mundo de hombres y ser exitosa. Y sí, sí, le apasionaba leer. Siempre adelantada a su época. Sus últimos días fueron apacibles. Con dulzura y placidez nos fuimos despidiendo. La vida nos concedió el tiempo y la oportunidad de despedirnos como Dios manda. Con la tranquilidad de no haber dejado nada pendiente. Sin muchas explicaciones, muchas veces sin palabras… no hacían falta. Ella con gallardía, yo con el placer de poder servirle de confort en los peores momentos y de compañía en los mejores. Y ella también escogió, escogió el último día del año para seguir su camino, para que no se nos olvidara celebrar. Siempre le gustó celebrar, cualquier excusa era buena, ya lo creo que sí. Reconozco que a veces me fastidiaba un poco. –Mamá para ya, no se puede estar siempre celebrando. Pero hoy celebro pensando en ella, junto a nuestra familia. Celebramos su vida, celebramos agradecidos lo que nos ha dejado el año que pasa y celebramos el año que comienza, lleno de nuevas aventuras y oportunidades aún por descubrir. Esta noche, cuando comamos las 12 uvas y choquemos nuestras copas pensaremos en ella y brindaremos una vez más. Deseando que desde allá, desde ese sitio sin duda maravilloso, nos siga viendo y de alguna manera incomprensible también celebre con nosotros. ¡Feliz Año Nuevo!

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“Una Mujer Guapa Leyendo”

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El Camino de mis Sueños

diciembre 24, 2017
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Miro al horizonte, sabiendo que tengo que seguir. Me paro un poco, sólo un poco, pienso mucho… no me tiraré al agua, no cruzaré el charco. Pero sigo adelante, busco mis sueños, levo anclas y comienzo a navegar por los caminos inciertos del emigrante. Con miedo, con vértigo a veces, pero con muchas, muchas ganas de aventura, de conocer, de vivir. Y vivo, ya lo creo que sí, vivo intensamente cada oportunidad que me da la vida. Y las acojo con agradecimiento, las difíciles porque sé que pasarán y me enseñarán. Las fáciles, las disfruto al máximo, porque sé que también pasarán. El saldo final, hasta ahora, ha sido bueno. En estas andaduras me acompañaban mis hijas hasta que poco a poco fueron buscando otros rumbos, como tiene que ser, como les enseñé. Ahora tenemos mar de por medio. El mar, ese mar imponente, hermoso, frío, tan distinto a las playas del Caribe a las que estaba acostumbrada. A veces lo vencemos. Navegamos hacia el encuentro y entonces sucede la magia. Nos juntamos y le pedimos al Tiempo que por favor pase lento, que por unos días no se apure, que también tome vacaciones. Y nos reímos, hablamos de tonterías y de recuerdos, a veces también lloramos porque yo soy muy llorona. Hacemos galletas y tomamos vino. Cantamos. Nos acostamos tarde. Al final llegará el Tiempo, regresará de sus vacaciones y nos tendremos que despedir. Le pediremos: Tiempo, por favor pasa rápido, para que pronto llegue un nuevo encuentro con nuevos momentos mágicos que compartir. Volveré a mirar al mar con la nostalgia del que quiere abrazar a un ser querido que tiene lejos. Pero sabré que como todo, pasará pronto y estaremos juntas de nuevo. Así que disfrutaré de ese mar imponente, hermoso, frío, ese mar cantábrico que me ha acogido y le daré las gracias.

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Pescar Tiempo

octubre 8, 2017
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Hace un tiempo, Miguel y yo, nos encontramos con una escena como esta. Él le preguntó al pescador que qué pescaba. El pescador secamente contestó: “nada, ¡qué voy a pescar!” Nos hizo gracia y seguimos nuestro camino. Ahora cada vez que los veo, recuerdo esa corta conversación y de alguna manera la comprendo. Me entra una falsa nostalgia, esa de un algo que nunca has hecho. Y comprendo la respuesta del pescador. Te paras frente al mar, con una caña de pescar, y a veces pescas, ya lo creo que sí. He visto sacar buenas lubinas. Pero la verdadera intención es estar, mirar, meditar. Pararte frente al mar a esperar sin esperar. Y si pescas pues bien, pero no es a lo que vas. Vas a pescar tiempo.

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Vuela Alto

septiembre 4, 2017
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Tuve muchas hijas… muchas no… tuve las justas, las que me tocaban, todo es perfecto. Me encargué de darles alas, unas alas grandes, bien grandes, para que volaran bien y lejos, tan lejos como quisieran ellas. Aprendieron la lección y volaron, ya lo creo, todas ellas, volaron alto y tan lejos como quisieron. Y llegó la hora de que volara la última en busca de su camino. Quedó el nido vacío, pero ya siento como ese vacío se llena con el entusiasmo de ver en qué resultará esta nueva aventura, tanto suya como mía. Me entusiasma ver su vuelo, sus maniobras, su forma de hacerlo. Además como dice Juan Salvador Gaviota: “Una etapa ha terminado, y ha llegado la hora de que empiece otra”. ¡Sigue tu camino, vuela alto, vuela lejos, vuela bonito!!!

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El Vestido

mayo 4, 2017
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Ya casi llega el día.

–¿Qué me pongo? Como no me puedo mover recorro mentalmente mi armario. No consigo nada apropiado. Me detengo, pienso y de nuevo recorro mentalmente mi armario y recuerdo ese vestido. ¡Claro, ese es! Se lo digo… rectifico: no, no, si lo quieres para ti me pongo otra cosa.

Y lo quiso para ella, y me vistió bonita, con otro vestido. Y ese se quedaría en este mundo y me despedí también de él.

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Bravo Pueblo

abril 21, 2017
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La pobreza no se tapa con pintura de colores. Eso fue lo que quiso hacer Chavez y sus secuaces a lo largo de estos laaaargos 18 años de dictadura, primero camuflada y ahora destapada totalmente. La pintura aguanta un ratico y ese ratico ya pasó.

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Engañaron a la gente que harta del bipartidismo quiso tomar el camino fácil de “aquí-viene-el-hombre-que-va-a-arreglar-esto”. Y como dice el dicho “peor fue el remedio que la enfermedad”. Pero tenemos que asumir que la enfermedad existía.

Ahora se está viviendo algo completamente nuevo para los venezolanos de mediados del siglo XX. Hemos emigrado, nosotros que no emigrábamos, que acogimos a gentes de Europa (mis abuelos, mis padres), Asia y Latinoamérica. Son ahora nuestras familias las que han quedado divididas por la distancia, buscándonos la vida en otras tierras. Pero lo más difícil lo están viviendo los que quedaron allí, esos venezolanos que han creído en el país y que le han dado no una segunda oportunidad sino una tercera, cuarta, quinta… y para ya de contar. Esos venezolanos que han sufrido la escasez. Que han sentido la tristeza, ya lo creo, de ver como han ido poco a poco destruyendo la infraestructura de uno de los países con más riquezas naturales. Los que viven en ascuas con tanta inseguridad y violencia. Los que no tienen agua, gas ni electricidad. Los que mueren a diario por falta de medicamentos comunes como antibióticos o anestesia. Por ellos me quito el sombrero, los aplaudo y les deseo que esta lucha diaria que han tenido por todos estos años haya valido la pena. Espero que estemos finalmente llegando al fin de esta pesadilla y que pronto se comience a reconstruir el país y la vida de todos los venezolanos.

Desde la distancia tampoco es fácil. Sufro por mi tierra, mi familia, mis amigos y mis compatriotas. Yo tomé el camino que algún día ofreciera Bolivar cuando dijo: “Huid del país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos”. Es hora de demostrar que quienes quedaron allí NO SON ESCLAVOS. Es la hora del Gloria al Bravo Pueblo.

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Recuerdos de Cocina

marzo 4, 2017
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La Merienda

Estoy sola en casa, una de esas raras ocasiones donde todos se han ido menos yo. Me pongo a pensar y me acuerdo de las meriendas de mi abuela. Tuve la gran suerte de vivir con mis abuelos maternos. Mi abuela se encargaba de las labores del hogar porque mi madre trabajaba fuera. La tarea favorita de mi abuela era la cocina, había nacido con el don de la buena sazón y podía preparar un manjar con una cebolla y un par de huevos. En mi casa jamás entraron alimentos procesados industrialmente. Mi comida favorita, y la única que no compartíamos en familia era la merienda, mi abuela se encargaba de prepararla con el mismo esmero con el que hacía el almuerzo o la cena. Consistía de pan artesano con aceite de oliva, otras veces torrijas, otras flan… ese flan de 20 huevos que era más alto que ancho y que cuando lo preparaba toda la casa olía a caramelo. Algunas veces hacía panquecas, sí, las panquecas en mi casa se comían de merienda. Yo me sentaba en la mesa de la cocina mientras ella, después de servirme, se disponía a hacer la cena. Era un sin-parar de preparaciones culinarias. Recuerdo que la hora de la comida era sagrada y nunca se empezaba a comer hasta que no estuviéramos todos juntos sentados a la mesa. La comida era compartir, no sólo los alimentos sino también nuestras vivencias diarias, buenas y malas. Era una terapia de grupo sazonada por los riquísimos platos preparados por mi abuela.

Ocasiones Especiales

Mi madre en cambio sólo entraba en la cocina en ocasiones especiales, Navidad, Año Nuevo o la visita de amigos. Cuando yo ya era adolescente algunas veces me sorprendía con uno de sus sofisticados platos. Una de mis amigas, de esas que conservo desde la infancia, todavía recuerda una vez en que estábamos estudiando en grupo para un examen de matemática. Se nos había echado la noche encima y mi madre nos preparó calamares en su tinta para cenar. Después de eso mi casa se volvió la preferida a la hora de reunirnos a estudiar.

Otros Momentos en la Cocina

Siempre he tenido buena memoria para las comidas. Mi marido dice que es increíble cómo recuerdo los sabores de platos saboreados años atrás. Como la primera vez que probé una ensalada tibia de espinacas y pera cuando celebrábamos nuestro tercer aniversario, ya tenemos 19 años de casados. Mis hijas, ya todas adultas, siempre se burlan cariñosamente de mí cuando recuerdo cosas a partir de lo que comimos aquel día. Ahora ya soy abuela y los momentos más especiales con mis nietas los hemos compartido en la cocina. Cuando vienen a casa, hacemos postres, las pongo a desenvainar guisantes, a medir azúcar y hasta a cortar cebollas. Esto último no les gusta.

La Adaptación a los Sabores

Soy afortunada por tener facilidad de adaptación. Mi primer marido era italiano. Si te casas con un italiano mejor es que aprendas a cocinar pasta bien, o de lo contrario se irá todos los días a comer a casa de su madre. No me costó trabajo aprender a hacer la pasta fresca o envasar tomates de temporada para poder preparar la salsa durante todo el año. Aparte del gusto por la cocina italiana, mi marido al morir me dejó de herencia unos amigos que con el tiempo he adoptado como propios. Gilda y Fulvio, una mezcla de orígenes, mexicano e italiano, sazonados con sus continuos viajes y los años vividos en los Estados Unidos. En fin, una familia que a partir de entonces comenzó a formar parte de la mía. La primera vez que fui a su casa en Bethesda era Semana Santa, la cocina estaba llena de ingredientes para preparar, entre otras cosas, la famosa Pastiera Napolitana. Nunca olvidaré el sabor de aquel postre que llevaba no sólo ingredientes especialmente traídos de Italia sino muchísimas horas de trabajo. Así que mientras Fulvio nos llevaba a Washington a presenciar el maravilloso espectáculo de los Cherry Blossom, Gilda se quedó en casa preparando el banquete para el día siguiente. ¡Valió la pena! Aún conservo el aroma de la pastiera mezclada con el cordero asado, todos sentados alrededor de una larga mesa ovalada, bebiendo vino y conversando sin parar de los recuerdos de antaño y de los planes futuros. En ese momento no imaginé qué tan cercanos íbamos a ser y cuántos recuerdos tristes y alegres nos unirían. A la vida a veces le sucede como a los malos cocineros, se le pasa la mano con los condimentos, nada que una buena sopa no pueda aliviar.

Culinarian Expeditions

Ahora casi tres décadas han pasado desde aquella Semana Santa y nuevamente nos une el aroma de la comida. Fulvio y Gilda llevan en su haber muchas horas de vuelo y han decidido compartir sus experiencias de viaje y de cocina con otras personas. A través de Culinarian Expeditions diseñan tours donde los paisajes se unen a los sabores, a los aromas, a la música y donde chefs famosos abren las puertas de sus cocinas para enseñar parte de sus secretos. En fin, una experiencia para absorberla con todos los sentidos y que impregnará la memoria para siempre. Por si fuera poco lo que acabo de describir, ahora Gilda quiere ofrecer una visión más concreta, una visión fotográfica. Me siento feliz y honrada de que este año para el otoño haya sido invitada a poner mi granito de arena en el Tour de la Toscana. Donde los participantes podrán aprender a manejar sus cámaras para documentar sus experiencias de manera personal y profesional y encontrar su voz partiendo de la fotografía. Aquí es donde entró yo. Sí, estaré con ellos compartiendo nuevamente grandes mesas ovaladas, conversando, haciendo terapia de grupo frente a exquisitos platos y soberbias copas de vino y fotografiando. Para concluir, como me encanta brindar, hoy me toca ¡brindar por Gilda y Fulvio!

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Despedida

enero 17, 2017
Nacimiento de Mamá, Despedida

Esta fotografía fue tomada hace más de 87 años. En ella se ven a una bella mujer sosteniendo a una niña de pocas horas de edad, mi madre. Sí, mi madre nació en una caravana en Guillena, Sevilla. Por muchos años ella pensó que era de Madrid, pues siempre había vivido allí. Pero la vida es caprichosa y mi abuelo trabajaba en los montes, en el Ministerio de Obras Públicas, abriendo caminos. En uno de esos viajes de trabajo se llevó a su familia, y como eran otros tiempos, no se sabía a ciencia cierta cuándo iba a nacer un bebé hasta que nacía. Así nació mi madre; y mi abuela ahí de pie, recién parida, hermosa para la foto. De una mano su hijo mayor, en su otro brazo Carmen de pocas horas de edad, y mi abuelo, orgulloso padre de la primera y única niña que tendría. Esta imagen ha estado conmigo desde que tengo recuerdos.

Las fotos de los nacimientos son siempre bonitas, la celebración de la vida. Nos han enseñado que los nacimientos son alegrías y las muertes son tristezas. En estos últimos meses, he aprendido que la muerte a veces trae alegrías también: la alegría de la fe, de la reconciliación, la alegría del perdón, la alegría de las visitas y llamadas de familiares y amigos que habían estado apartados por años, la alegría de una mirada o una sonrisa en el momento justo… Con el apoyo de los seres queridos no sólo se disminuye la tristeza sino que se transforma en alegría. Mi madre aceptó su enfermedad y su muerte con gallardía, con la elegancia que siempre la caracterizó y, sobre todo, con agradecimiento. Las últimas semanas estuvimos celebrando. Ella con su copa de cava y su salmón ahumado; nosotros simplemente a su lado viéndola disfrutar.

Hace unos meses, antes de saber que mi madre estaba enferma, tuve un sueño. En el sueño ella estaba sentada en su butaca, tranquila pero muriendo. Yo estaba a su lado, emocionada por ella, por el viaje que iba a emprender. Sabía que algún día yo también emprendería ese viaje, que a todos nos toca, y que sería una gran aventura. Me desperté contenta, con la ilusión que dejan los sueños bonitos. Esa sensación aún la conservo. Mi madre ya emprendió ese viaje, y sé que algo bueno le espera. Es el momento de brindar y yo brindo por ella.

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De Venezuela a Santander

septiembre 22, 2016
DAoiz y Velarde, rutafotografica, ©Maria De Las Casas

Algunas teorías dicen que escogemos a nuestros padres antes de nacer. Si nos guiamos por esto, podríamos decir que también escogemos el país en el que queremos nacer. Pues yo escogí Venezuela. Allí nací hace 50 años; allí me desarrollé como persona, me casé y tuve a mis hijas. La verdad es que tuve buen gusto pues Venezuela es un país muy bonito; fue colmado de riquezas: petróleo, oro, plata, piedras preciosas, aluminio, hierro, agua a borbotones, mares que proveen de pescado fresco, y tierras que dan frutos durante todo el año sin mucho afán —sólo con tirar las semillas. La fauna y la flora son espectaculares tanto por su variedad como por su colorido. Hay montañas de nieves perennes y médanos de arenas cambiantes, playas llenas de cocoteros, cascadas exuberantes, selvas… En fin, es un lugar que cuando empiezo a describirlo me parece salido de un sueño de fantasía del cual no quisiera despertar. Pero lo cierto es que todas esas bellezas naturales y recursos han sido saqueados y el sueño se fue poco a poco convirtiendo en pesadilla.

Es importante recalcar que esa transformación horrenda que ha sufrido Venezuela no ocurrió de la noche a la mañana; fue un proceso lento. Erróneamente muchos pensaron que eran cosas pasajeras, que los recursos no se acabarían, que “alguien” vendría a solucionar los problemas porque “así tiene que ser”. Y siguieron viviendo felices. El país que alguna vez se hizo llamar el más feliz del mundo. Los venezolanos hacían un “bonche” y un chiste de cualquier desgracia, se reían de ellos mismos y seguía la fiesta. Ya es demasiado tarde, la fiesta se acabó, se fue acabando poco a poco, de manera gradual como cuando empiezas a caer en el sopor de una anestesia de la cual algunos no despiertan.

No todos nos dejamos anestesiar. Algunos salimos antes y otros después y otros decidieron quedarse. Nuevamente me tocó escoger el país donde vivir. He tenido esa suerte de poder escoger; no todos la tienen, yo sí y lo agradezco todos los días a Dios, al creador o a la energía vital que me permitió, antes de nacer, escoger a mis padres. Así es como he tenido la oportunidad de vivir en varios sitios. Hace dos años escogí vivir en España, en Santander.

daoiz y velarde, rutafotografica, ©Maria De Las Casas

Cuando mis amigos me preguntan, ¿por qué Santander? no sé qué contestar porque no hay una razón de peso. No puedo decir que es donde nacieron mis padres, porque son de Madrid. No puedo decir que tengo familia aquí, porque no conocía a nadie cuando llegué. Me gustó, había visitado la ciudad varias veces cuando años atrás viví en Selaya, un pueblo cántabro de montaña del cual tengo muy buenos recuerdos. Santander me pareció de buen tamaño: no muy grande, no muy pequeña. El clima no es extremo como otros sitios de España; es verdad que llueve mucho pero eso me gusta porque el agua es necesaria y ya empieza a escasear, además, es la razón por la que esta zona tiene tantos prados y tanto verdor.

Daoiz y velarde_2

Una vez en Santander, decidí, junto a mi esposo, vivir en el centro. Como toda ciudad española, a pesar de haber sufrido dos horribles incendios, el centro de Santander consta de edificios viejos con mucho carácter; calles estrechas casi peatonales; bares y cafeterías pintorescos, plazas, y, en el caso de Santander, el Paseo de Pereda a lo largo de la maravillosa bahía. Nos decidimos por un viejo piso en Daoiz y Velarde que disfrutamos restaurándolo a nuestro gusto. Tenemos todo a mano: el pequeño mercado con su carnicería, frutería, pescadería… Bancos, oficinas del gobierno y a media calle la estación de policía. Todo esto en un ambiente que nos hacía sentir seguros, especialmente después de haber vivido el derrumbe social en nuestro país. Lamentablemente a las dos semanas de mudados, nos robaron nuestras bicis. Nos dimos golpes de pecho por lo “inconscientes” que fuimos al haberlas dejado atadas por una noche a escasos metros de nuestro portal, en un sitio especial para estacionar bicicletas. Al día siguiente vimos con tristeza cómo habían cortado las cadenas y se las habían llevado. ¡Que ironía! No nos robaron en Venezuela y nos vienen a robar en Santander. Ese fue el primer aviso de que algo no andaba bien pero como dije antes, nos echamos la culpa a nosotros mismos; pasamos la página y seguimos tan contentos. Aquí debo hacer un paréntesis: unos meses después de este incidente, por casualidad, paré por unas horas en Amsterdam y constaté que sí es posible, en algunos sitios, atar las bicicletas en la calle y estar seguro de que nadie te las va a robar. ¡Como debe ser!

Pasaron las semanas, los meses y llegó el verano. La gente en la calle me recordaba la llegada del buen tiempo, las excursiones a la playa, las fiestas y, ¡ay!!!, el botellón. Al principio te asombras del espíritu fiestero de los españoles y hasta lo admiras. “Qué alegría, qué bueno que la gente salga a la calle, animada, a divertirse sin peligro”. “Aquí se puede beber en la calle, hay libertad y nadie se mete con nadie”. Estas eran las frases que nos decíamos a nosotros mismos para aceptar lo que en realidad nos parecían bacanales, irrespeto, decadencia y pérdida de tiempo. Pasamos muchas noches en vela por el escándalo pero por mucho tiempo nos decíamos una y otra vez que todo era debido a la alegría de los españoles, y tratábamos de tapar el sol con un dedo hasta que la situación se ha vuelto insostenible porque no podemos dormir. La fiesta continúa toda la noche hasta el amanecer; rompen botellas, vasos, y tiran todo tipo de desperdicios al suelo. Por los rincones y los portales se medio esconden los jóvenes amantes sin pudor alguno.

Daoiz y velarde_1

Nos levantamos por la mañana más cansados de lo que nos hemos acostado. Pasamos noches de calor porque debemos cerrar las ventanas para apaciguar un poco el ruido que aún así nos mantiene desvelados la mayor parte de la noche. A las 6 de la mañana, o antes, llega la cuadrilla de limpiadores que vienen a recoger la porquería que dejan los borrachos de la noche anterior. Pero todo hay que decirlo, y la verdad es que antes de las 9 de la mañana la ciudad está impecable; de eso se encarga el ayuntamiento con el dinero de los contribuyentes, de los que beben y de los que no bebemos. Habría que ver si es justo que yo pague por la limpieza de la suciedad que van dejando estos individuos.

Ahora, poniendo las cosas en perspectiva, el problema no es que no nos dejen dormir, ni siquiera que ensucien sin escrúpulos. Al final son puestos de trabajo para los limpiadores. El gran problema no es tan obvio. El gran problema es que nos estamos enfrentando a una sociedad cada día más cínica, sin principios éticos, donde no se respeta a los vecinos porque no se respeta el individuo mismo. Y eso, señores, eso trae consecuencias muy graves. Esas primeras muestras de vandalismo —porque SÍ, es vandalismo— se puede ir convirtiendo en pequeños actos delictivos, crímenes y violencia. Y si no se toman medidas puede convertirse en un gran problema social y político.

Yo no quiero vivir en un sitio donde tenga que salir a la calle mirando a los lados, sosteniendo el bolso con ambas manos, cerrando la puerta de mi casa con doble llave, poniendo barras de hierro en mis ventanas… ¡No!!! Eso ya lo viví y créanme, no fue agradable.

Hay que empezar a exigir que se cumplan las leyes porque lo irónico es que las leyes existen. Está prohibido tirar basura en las calles, pero se tira. Está prohibido vender alcohol y tabaco a menores de edad, pero se vende. Vamos a comenzar por ordenar las cosas pequeñas, predicar con el ejemplo, que los policías salgan a la calle, que haya presencia y corrección. Tratemos de resolver las cosas antes de que sea demasiado tarde porque como dije al principio, las transformaciones suceden poco a poco —por eso se llaman transformaciones— pues si no estamos atentos no nos damos cuenta y puede que cuando lo hagamos sea demasiado tarde. Luchemos para que no se convierta el sueño en pesadilla.

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