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Historias

Hoy va de vaqueros

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Rodeo de Santa Fe, junio 2010. Fue durante los últimos días que vivimos allí. Recorrimos todos los sitios, típicos y no típicos. Queríamos llenarnos de ese lugar mágico que es Santa Fe y llevarlo con nosotros como quien se lleva un souvenir. El olor a chile asado y a madera de piñón. El recuerdo de los cielos color naranja y violeta y rojo y todos juntos y separados. Impresionantes durante todos los días del año sin excepción. Y su gente llegada de muchos sitios y los nativos y los vaqueros. Hasta que llegué a Santa Fe sólo había visto vaqueros en las películas o en las propagandas de los cigarrillos. Pero allí sí que los vi, ya lo creo. Vaqueros de los de verdad. Vaqueros con jeans, cinturón con hebilla de plata y turquesa, piel curtida por el sol, pelo rubio de polvo y botas color tierra, bien usadas y domadas por los largos caminos. Vaqueros de los que ven amanecer y atardecer a diario, de los de fuera, de los que duermen al calor de la hoguera sin más techo que las estrellas. Y me los traje, los atrapé con mi cámara y con mi mente, aquí los llevo en mis recuerdos como llevo todos y cada uno de los rincones de los sitios donde he vivido. 

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Palabras Escritas A Mano

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Mis abuelos emigraron a Venezuela en el año 50 del siglo pasado. Yo era muy pequeña, ocho o nueve años, cuando mi abuela me dictaba las cartas que enviaba a sus hermanas. Me encantaba, me sentía importante, así mi abuela me entretenía. En esa época no había internet ni vídeo juegos, la televisión era en blanco y negro y teníamos una antena en el techo de la casa a la que había que darle vueltas para sintonizar el único canal que se veía en el pueblo de los tres que existían en el país. Eran otros tiempos, la comunicación era más lenta, la vida era más lenta. Las cartas llegaban por correo, en papel y escritas a mano. Tardaban mucho, ya lo creo que sí, varias semanas en hacer el recorrido entre América y Europa. Cuando llegaba el cartero a casa yo salía corriendo a coger la entrega a ver si habían llegado cartas, y si las había, se las daba a mi abuela a ver si me dejaba leerlas. Algunas veces hasta enviaban fotos. De esta manera establecí una relación cercana con familiares lejanos. Los conocí a través del papel, de las palabras escritas a mano, y los aprendí a querer. Después de leerlas y releerlas, mi abuela guardaba esas cartas entre sus cosas más queridas. Yo también escribía y recibía respuestas y me encantaba, me hacía muchísima ilusión. Pero era una costumbre normal. Pero muchos años después, con la tecnología digital en pleno apogeo, los correos electrónicos, los blogs, la telefonía celular y las video llamadas sigo emocionándome cuando recibo cartas en papel, escritas a mano. Sigo emocionándome cuando las escribo, con la ilusión de que perduren en el tiempo y que dentro de mucho, cuando yo ya no exista, las palabras que escribo en el papel sigan existiendo. Así que cada vez que tengo la oportunidad, envío postales a mis hijas, a mis nietas; y de alguna manera hemos establecido una correspondencia llena del romanticismo propio de lo innecesario, por gusto, por placer, por amor.

 

Eran otros tiempos, la comunicación era más lenta, la vida era más lenta. Las cartas llegaban por correo, en papel y escritas a mano.

 

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Hace una semana más o menos, recibí una carta en un sobre de buen papel, grueso, con membrete impreso en color plata y creí que era propaganda. A pesar de ser otro nombre (ni siquiera lo leí bien), la relacioné con unas tarjetas elegantes, personalizadas, con mi nombre escrito a mano, que había estado recibiendo de Porcelanosa. ¡Qué desperdicio, esta gente sigue enviando publicidad! Eso fue lo que pensé. No miré de dónde venía. Como no tenía remitente estaba segura de que era publicidad. No la tiré de inmediato porque me da mucha pena desperdiciar papel. Usé el sobre, sin abrir, para hacer anotaciones sin importancia. Total que ahí estuvo por varios días, hasta que hoy decidí limpiar mi escritorio y comencé, como siempre, por tirar papeles. Cuando llegué al sobre, me fijé que venía de México. Qué raro, de México. El nombre impreso en letras plateadas no me indicaba nada. Decidí abrirle antes de tirarle y, voilà, dos postales. Una de mi hija y otra de mi hija en nombre de mi nieta (muy pequeña para escribirla ella). Pero… ¿México? Que yo sepa no habían estado en México recientemente. Me fijé en la fecha y era justo de un año atrás. ¡No me lo puedo creer!!! Casi la pierdo dos veces, pensé. Lo cierto es que llegó, tarde, pero llegó.

Y fue cuando recordé esta serie de televisión que veía de vez en cuando en la época en que mi abuela me dictaba las cartas para su hermana. Se trataba de un saco que se había perdido en unas montañas cuando el avión de correos se había estrellado. Un año después unos exploradores consiguen el saco lleno de cartas y la oficina de correos decide entregarlas todas. Cada carta era una historia con las consecuencias de recibirla a destiempo, de alguien que ya había muerto, o cuyo destinatario ya no estaba, o noticias que era mejora no recibir… En fin… cartas, palabras, palabras escritas, recuerdos, vida…

Yo seguiré utilizando el internet, los correos electrónicos, seguiré viendo y hablando con mis hijas y mis nietas a través de las vídeo llamadas, seguiré usando la cámara digital, la computadora, y hasta la teletransportación, si se descubre cómo. Pero también seguiré escribiendo cartas en papel, de mi puño y letra y enviando postales que tal vez lleguen a tiempo o a destiempo pero cargadas de ese romanticismo de lo que no es necesario.

Aniversario

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Esta es la foto de mis abuelos el día de su boda.

Mis abuelos se casaron un 14 de febrero. No creo que en esa época se celebrara San Valentín como se celebra ahora. Simplemente escogieron ese día, por casualidad. Hoy pensando en ellos me imaginaba que estuvieran aquí celebrando su aniversario. Pensé en ellos como pareja enamorada. Fuertes, unidos. Aún después de más de 50 años uno al lado del otro, siempre estaban juntos, siempre hablando entre ellos. Me encantaba oírles. Mi abuela le ofrecía un café y él decía que no. –Ahora no–. Solo para cambiar de opinión en el momento en que ella se sentaba a tomarse el suyo. Mi abuela disgustada, de mentira, se levantaba, ya le había advertido, ella sabía que le pediría el café, que cambiaría de opinión. Se conocían muy bien. Mi abuelo me miraba y me guiñaba un ojo. Era su ritual, todas las tardes después de la siesta que era sagrada, más o menos la misma escena. Y yo, por ahí, jugando y oyendo, sintiendo, observando. Fueron mi pareja modelo.

Cuando por fin mi abuela se sentaba, ya ambos café y cigarrillo en mano, comenzaban las historias. Historias de guerra, escasez, nostalgia por una tierra que los vio nacer pero que no los vería morir. Entre lágrimas algún chiste. Mi abuela tenía un humor negro maravilloso. Recuerdo sus manos siempre haciendo algo. Eran largas, flacas y las adornaba con una sortija que tenía una piedra rosa, gorda, muy grande en mi memoria de niña pequeña. Recuerdo cómo olían a especias, a cocina. Ella me transmitió la pasión por cocinar. Nos sentábamos en la mesa de la cocina a preparar la cena,  por la tarde, después del café.  Yo más que todo miraba y oía más historias, eso fue suficiente, así aprendí. Mi abuela no solo cocinaba, también cosía, tejía, bordaba, fumaba, lloraba, bailaba, reía con pasión y hasta arreglaba las tuberías cuando era necesario. La vida le enseñó a hacer de todo. Eso también lo aprendí.

Hoy 14 de febrero estarían de aniversario.

Mi abuelo, tranquilo, buen conversador, de esos que saben cuando deben callar. Amaba los libros, los leía y re-leía, los limpiaba con trapos especiales, luego se apartaba de ellos, se quedaba mirándolos y me preguntaba –¿Has visto cómo lucen ahora que están limpios? Por las noches cuando me iba a acostar, él me acompañaba, se traía una silla y se sentaba al lado de mi cama a contarme historias inventadas hasta que me dormía. Todas las noches. A veces también cantaba, cante jondo. Él mismo se echaba flores, decía que cantaba muy bien, a mí me hacía gracia. Algunas veces también se inventaba las canciones. Cierro los ojos y lo veo clarito, sentado, con sus manos sobre sus rodillas, mirando a lo lejos a través de sus gafas de gordos cristales e imaginando aquello que se iba inventando en sus cuentos y cantos.

Hoy 14 de febrero estarían de aniversario. Hoy los recuerdo aún más, siento el amor que me dieron ese que se me metió dentro y que está tan presente. Ese de ellos, a prueba de todo, el verdadero, el que vence todos los obstáculos, el que te da esperanza.  Los recuerdo y me imagino que están viéndome, sonriendo mientras toman su café de la tarde el de después de la siesta.

Una Mujer Guapa Leyendo

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Esta foto la tomó mi padre antes de que yo naciera y escribió por detrás con su puño y letra: “un rincón de la biblioteca, se ven una parte de los libros, un cuadro, un aparato de luz, el respaldo de un sillón y una mujer muy guapa leyendo”. Un par de años más tarde escogí a esa mujer guapa como madre. Era elegante, inteligente, atrevida, profesionalmente supo manejarse bien en un mundo de hombres y ser exitosa. Y sí, sí, le apasionaba leer. Siempre adelantada a su época. Sus últimos días fueron apacibles. Con dulzura y placidez nos fuimos despidiendo. La vida nos concedió el tiempo y la oportunidad de despedirnos como Dios manda. Con la tranquilidad de no haber dejado nada pendiente. Sin muchas explicaciones, muchas veces sin palabras… no hacían falta. Ella con gallardía, yo con el placer de poder servirle de confort en los peores momentos y de compañía en los mejores. Y ella también escogió, escogió el último día del año para seguir su camino, para que no se nos olvidara celebrar. Siempre le gustó celebrar, cualquier excusa era buena, ya lo creo que sí. Reconozco que a veces me fastidiaba un poco. –Mamá para ya, no se puede estar siempre celebrando. Pero hoy celebro pensando en ella, junto a nuestra familia. Celebramos su vida, celebramos agradecidos lo que nos ha dejado el año que pasa y celebramos el año que comienza, lleno de nuevas aventuras y oportunidades aún por descubrir. Esta noche, cuando comamos las 12 uvas y choquemos nuestras copas pensaremos en ella y brindaremos una vez más. Deseando que desde allá, desde ese sitio sin duda maravilloso, nos siga viendo y de alguna manera incomprensible también celebre con nosotros. ¡Feliz Año Nuevo!

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“Una Mujer Guapa Leyendo”

El Camino de mis Sueños

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Miro al horizonte, sabiendo que tengo que seguir. Me paro un poco, sólo un poco, pienso mucho… no me tiraré al agua, no cruzaré el charco. Pero sigo adelante, busco mis sueños, levo anclas y comienzo a navegar por los caminos inciertos del emigrante. Con miedo, con vértigo a veces, pero con muchas, muchas ganas de aventura, de conocer, de vivir. Y vivo, ya lo creo que sí, vivo intensamente cada oportunidad que me da la vida. Y las acojo con agradecimiento, las difíciles porque sé que pasarán y me enseñarán. Las fáciles, las disfruto al máximo, porque sé que también pasarán. El saldo final, hasta ahora, ha sido bueno. En estas andaduras me acompañaban mis hijas hasta que poco a poco fueron buscando otros rumbos, como tiene que ser, como les enseñé. Ahora tenemos mar de por medio. El mar, ese mar imponente, hermoso, frío, tan distinto a las playas del Caribe a las que estaba acostumbrada. A veces lo vencemos. Navegamos hacia el encuentro y entonces sucede la magia. Nos juntamos y le pedimos al Tiempo que por favor pase lento, que por unos días no se apure, que también tome vacaciones. Y nos reímos, hablamos de tonterías y de recuerdos, a veces también lloramos porque yo soy muy llorona. Hacemos galletas y tomamos vino. Cantamos. Nos acostamos tarde. Al final llegará el Tiempo, regresará de sus vacaciones y nos tendremos que despedir. Le pediremos: Tiempo, por favor pasa rápido, para que pronto llegue un nuevo encuentro con nuevos momentos mágicos que compartir. Volveré a mirar al mar con la nostalgia del que quiere abrazar a un ser querido que tiene lejos. Pero sabré que como todo, pasará pronto y estaremos juntas de nuevo. Así que disfrutaré de ese mar imponente, hermoso, frío, ese mar cantábrico que me ha acogido y le daré las gracias.

Pescar Tiempo

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Hace un tiempo, Miguel y yo, nos encontramos con una escena como esta. Él le preguntó al pescador que qué pescaba. El pescador secamente contestó: “nada, ¡qué voy a pescar!” Nos hizo gracia y seguimos nuestro camino. Ahora cada vez que los veo, recuerdo esa corta conversación y de alguna manera la comprendo. Me entra una falsa nostalgia, esa de un algo que nunca has hecho. Y comprendo la respuesta del pescador. Te paras frente al mar, con una caña de pescar, y a veces pescas, ya lo creo que sí. He visto sacar buenas lubinas. Pero la verdadera intención es estar, mirar, meditar. Pararte frente al mar a esperar sin esperar. Y si pescas pues bien, pero no es a lo que vas. Vas a pescar tiempo.

Vuela Alto

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Tuve muchas hijas… muchas no… tuve las justas, las que me tocaban, todo es perfecto. Me encargué de darles alas, unas alas grandes, bien grandes, para que volaran bien y lejos, tan lejos como quisieran ellas. Aprendieron la lección y volaron, ya lo creo, todas ellas, volaron alto y tan lejos como quisieron. Y llegó la hora de que volara la última en busca de su camino. Quedó el nido vacío, pero ya siento como ese vacío se llena con el entusiasmo de ver en qué resultará esta nueva aventura, tanto suya como mía. Me entusiasma ver su vuelo, sus maniobras, su forma de hacerlo. Además como dice Juan Salvador Gaviota: “Una etapa ha terminado, y ha llegado la hora de que empiece otra”. ¡Sigue tu camino, vuela alto, vuela lejos, vuela bonito!!!

El Vestido

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Ya casi llega el día.

–¿Qué me pongo? Como no me puedo mover recorro mentalmente mi armario. No consigo nada apropiado. Me detengo, pienso y de nuevo recorro mentalmente mi armario y recuerdo ese vestido. ¡Claro, ese es! Se lo digo… rectifico: no, no, si lo quieres para ti me pongo otra cosa.

Y lo quiso para ella, y me vistió bonita, con otro vestido. Y ese se quedaría en este mundo y me despedí también de él.

Bravo Pueblo

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La pobreza no se tapa con pintura de colores. Eso fue lo que quiso hacer Chavez y sus secuaces a lo largo de estos laaaargos 18 años de dictadura, primero camuflada y ahora destapada totalmente. La pintura aguanta un ratico y ese ratico ya pasó.

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Engañaron a la gente que harta del bipartidismo quiso tomar el camino fácil de “aquí-viene-el-hombre-que-va-a-arreglar-esto”. Y como dice el dicho “peor fue el remedio que la enfermedad”. Pero tenemos que asumir que la enfermedad existía.

Ahora se está viviendo algo completamente nuevo para los venezolanos de mediados del siglo XX. Hemos emigrado, nosotros que no emigrábamos, que acogimos a gentes de Europa (mis abuelos, mis padres), Asia y Latinoamérica. Son ahora nuestras familias las que han quedado divididas por la distancia, buscándonos la vida en otras tierras. Pero lo más difícil lo están viviendo los que quedaron allí, esos venezolanos que han creído en el país y que le han dado no una segunda oportunidad sino una tercera, cuarta, quinta… y para ya de contar. Esos venezolanos que han sufrido la escasez. Que han sentido la tristeza, ya lo creo, de ver como han ido poco a poco destruyendo la infraestructura de uno de los países con más riquezas naturales. Los que viven en ascuas con tanta inseguridad y violencia. Los que no tienen agua, gas ni electricidad. Los que mueren a diario por falta de medicamentos comunes como antibióticos o anestesia. Por ellos me quito el sombrero, los aplaudo y les deseo que esta lucha diaria que han tenido por todos estos años haya valido la pena. Espero que estemos finalmente llegando al fin de esta pesadilla y que pronto se comience a reconstruir el país y la vida de todos los venezolanos.

Desde la distancia tampoco es fácil. Sufro por mi tierra, mi familia, mis amigos y mis compatriotas. Yo tomé el camino que algún día ofreciera Bolivar cuando dijo: “Huid del país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos”. Es hora de demostrar que quienes quedaron allí NO SON ESCLAVOS. Es la hora del Gloria al Bravo Pueblo.

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Recuerdos de Cocina

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La Merienda

Estoy sola en casa, una de esas raras ocasiones donde todos se han ido menos yo. Me pongo a pensar y me acuerdo de las meriendas de mi abuela. Tuve la gran suerte de vivir con mis abuelos maternos. Mi abuela se encargaba de las labores del hogar porque mi madre trabajaba fuera. La tarea favorita de mi abuela era la cocina, había nacido con el don de la buena sazón y podía preparar un manjar con una cebolla y un par de huevos. En mi casa jamás entraron alimentos procesados industrialmente. Mi comida favorita, y la única que no compartíamos en familia era la merienda, mi abuela se encargaba de prepararla con el mismo esmero con el que hacía el almuerzo o la cena. Consistía de pan artesano con aceite de oliva, otras veces torrijas, otras flan… ese flan de 20 huevos que era más alto que ancho y que cuando lo preparaba toda la casa olía a caramelo. Algunas veces hacía panquecas, sí, las panquecas en mi casa se comían de merienda. Yo me sentaba en la mesa de la cocina mientras ella, después de servirme, se disponía a hacer la cena. Era un sin-parar de preparaciones culinarias. Recuerdo que la hora de la comida era sagrada y nunca se empezaba a comer hasta que no estuviéramos todos juntos sentados a la mesa. La comida era compartir, no sólo los alimentos sino también nuestras vivencias diarias, buenas y malas. Era una terapia de grupo sazonada por los riquísimos platos preparados por mi abuela.

Ocasiones Especiales

Mi madre en cambio sólo entraba en la cocina en ocasiones especiales, Navidad, Año Nuevo o la visita de amigos. Cuando yo ya era adolescente algunas veces me sorprendía con uno de sus sofisticados platos. Una de mis amigas, de esas que conservo desde la infancia, todavía recuerda una vez en que estábamos estudiando en grupo para un examen de matemática. Se nos había echado la noche encima y mi madre nos preparó calamares en su tinta para cenar. Después de eso mi casa se volvió la preferida a la hora de reunirnos a estudiar.

Otros Momentos en la Cocina

Siempre he tenido buena memoria para las comidas. Mi marido dice que es increíble cómo recuerdo los sabores de platos saboreados años atrás. Como la primera vez que probé una ensalada tibia de espinacas y pera cuando celebrábamos nuestro tercer aniversario, ya tenemos 19 años de casados. Mis hijas, ya todas adultas, siempre se burlan cariñosamente de mí cuando recuerdo cosas a partir de lo que comimos aquel día. Ahora ya soy abuela y los momentos más especiales con mis nietas los hemos compartido en la cocina. Cuando vienen a casa, hacemos postres, las pongo a desenvainar guisantes, a medir azúcar y hasta a cortar cebollas. Esto último no les gusta.

La Adaptación a los Sabores

Soy afortunada por tener facilidad de adaptación. Mi primer marido era italiano. Si te casas con un italiano mejor es que aprendas a cocinar pasta bien, o de lo contrario se irá todos los días a comer a casa de su madre. No me costó trabajo aprender a hacer la pasta fresca o envasar tomates de temporada para poder preparar la salsa durante todo el año. Aparte del gusto por la cocina italiana, mi marido al morir me dejó de herencia unos amigos que con el tiempo he adoptado como propios. Gilda y Fulvio, una mezcla de orígenes, mexicano e italiano, sazonados con sus continuos viajes y los años vividos en los Estados Unidos. En fin, una familia que a partir de entonces comenzó a formar parte de la mía. La primera vez que fui a su casa en Bethesda era Semana Santa, la cocina estaba llena de ingredientes para preparar, entre otras cosas, la famosa Pastiera Napolitana. Nunca olvidaré el sabor de aquel postre que llevaba no sólo ingredientes especialmente traídos de Italia sino muchísimas horas de trabajo. Así que mientras Fulvio nos llevaba a Washington a presenciar el maravilloso espectáculo de los Cherry Blossom, Gilda se quedó en casa preparando el banquete para el día siguiente. ¡Valió la pena! Aún conservo el aroma de la pastiera mezclada con el cordero asado, todos sentados alrededor de una larga mesa ovalada, bebiendo vino y conversando sin parar de los recuerdos de antaño y de los planes futuros. En ese momento no imaginé qué tan cercanos íbamos a ser y cuántos recuerdos tristes y alegres nos unirían. A la vida a veces le sucede como a los malos cocineros, se le pasa la mano con los condimentos, nada que una buena sopa no pueda aliviar.

Culinarian Expeditions

Ahora casi tres décadas han pasado desde aquella Semana Santa y nuevamente nos une el aroma de la comida. Fulvio y Gilda llevan en su haber muchas horas de vuelo y han decidido compartir sus experiencias de viaje y de cocina con otras personas. A través de Culinarian Expeditions diseñan tours donde los paisajes se unen a los sabores, a los aromas, a la música y donde chefs famosos abren las puertas de sus cocinas para enseñar parte de sus secretos. En fin, una experiencia para absorberla con todos los sentidos y que impregnará la memoria para siempre. Por si fuera poco lo que acabo de describir, ahora Gilda quiere ofrecer una visión más concreta, una visión fotográfica. Me siento feliz y honrada de que este año para el otoño haya sido invitada a poner mi granito de arena en el Tour de la Toscana. Donde los participantes podrán aprender a manejar sus cámaras para documentar sus experiencias de manera personal y profesional y encontrar su voz partiendo de la fotografía. Aquí es donde entró yo. Sí, estaré con ellos compartiendo nuevamente grandes mesas ovaladas, conversando, haciendo terapia de grupo frente a exquisitos platos y soberbias copas de vino y fotografiando. Para concluir, como me encanta brindar, hoy me toca ¡brindar por Gilda y Fulvio!